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La tortura de viajar en avión: Los controles de seguridad

En este artículo, el periodista Héctor Barnés nos habla de la temática de los controles de seguridad y como estos afectan nuestra experiencia de viaje. 

En artículos anteriores, Barnés nos señalaba las frustraciones que tenemos antes de abordar el avión y el efecto de la aparición de las low cost que han minado la experiencia de viaje.

El control de seguridad tiene la paradójica cualidad de hacernos sentir aún menos seguros, a pesar de que su objetivo es velar por nosotros.

Los aeropuertos están lejos, generalmente mucho más lejos que las estaciones de tren, así que hay que ir en taxi (caro, posibilidad de atasco) o en transporte público (barato, prepárate para adelantar tu salida de una hora). Primera meta volante: la facturación de la maleta en una cola cuya extensión está, una vez más, sujeta al azar (lo que se traduce en que hay que llegar siempre muy pronto… por si acaso). El estrés da paso al miedo cuando llegamos al control de seguridad, que tiene la paradójica cualidad de hacernos sentir aún menos seguros, a pesar de que su objetivo es velar por nosotros, especialmente después del atentado del aeropuerto de Bruselas que tuvo lugar antes de los controles.

Hay que poner mucho de nuestra parte para creer seriamente en la vital importancia de sacar el portátil de la bolsa y dejarlo en una bandeja aparte, o en las vidas que se han salvado gracias a los millones de personas que todos los días sacan sus bolsitas transparentes con sus líquidos, o en que los terroristas no van un paso por delante de estas reactivas medidas de seguridad. Hay que hacer menos esfuerzo para sentirnos parte de una cadena de montaje en la que nosotros somos el producto y en la que aguardamos, con miedo, a que nos digan qué hemos hecho mal esta vez. Contamos los segundos, entre miedo y ansiedad, para poder por fin recoger nuestras pertenencias de una impersonal bandeja en una fría y también impersonal superficie metálica.

El problema de estos rituales banales no se encuentra en que no sean razonables, sino en su desconcertante arbitrariedad. ¿Quién no ha cogido un avión y, a la ida, el control ha sido riguroso y concienzudo, pero a la vuelta, apenas días después, el criterio ha sido totalmente distinto, y aquel objeto que casi nos causa un disgusto ahora nadie le dedica una mirada? ¿Por qué el control de pasaportes nos lleva en ocasiones media hora, y otras veces ni siquiera hay? ¿Me tocará la puerta de embarque que está al lado del acceso, o la que se encuentra a 20 minutos y un metro de distancia? Son incógnitas que contribuyen al creciente desasosiego del viajero, que termina aceptando que ha perdido el control.

Debido a la estrategia de “optimización” del espacio de algunas aerolíneas, si hace no tanto uno podía esperar sentado hasta la hora del embarque, ahora tiene que hacerlo de pie si no quiere que su equipaje de mano sea facturado, al no caber en la cabina por habernos quedado al final de la fila, lo que nos obliga a aguardar media hora más en las cintas transportadoras del aeropuerto destino. ¿Resultado? Hordas de gente esperando de pie a que la puerta se abra por fin y nos den la bienvenida a algo así como un autobús con alas. Con permiso de los autobuses, que por lo general suelen ser más cómodos.

No solo no se hace nada por convertir el viaje en una experiencia cómoda, sino que el objetivo es que esta sea lo más desagradable posible

El abanico de sentimientos que uno puede experimentar a bordo de un avión oscila hoy entre la estoica resignación (“bueno, tendré que gastarme siete euros en este sándwich de pan rancio”) y la sensación de que directamente se están riendo en tu cara, entre venta de cartones, colores estridentes, asientos en continua reducción –hasta el punto de poner en peligro la seguridad de los viajeros– y un tenso ambiente, azuzado por tener

Pero el proceso que ha transformado el viaje en avión en una tortura va mucho más allá. Al final, ha terminado por convertirse en una montaña rusa que condensa los grandes miedos de nuestra sociedad, desde la vulnerabilidad ante un ataque terrorista hasta el consumismo desbocado –en mi carrera por Stansted atravesé perfumerías, tiendas de deportes y de comida, que uno tiene que atravesar sí o sí– pasando por los peligros del monopolio o los problemas de la masificación.

Los aeropuertos son una ventana abierta a una distopía futurista en la que se vive en un ambiente de continua amenaza que obliga a que la seguridad y el control se exacerben, y donde la maximización de los beneficios de las compañías privadas condicionan nuestro comportamiento.

Como en la fábrica fordista o el campo de concentración, lo social es reducido al mínimo

“El aeropuerto no es el lugar de llegada/salida, sino un espacio industrial que mecaniza por medio de unas tecnologías sociales los comportamientos de los sujetos hasta convertirlos en una práctica concreta: cuerpos viajeros, disciplinados, individuales y consumidores”, escribía el antropólogo José Luis Anta Félez en un interesante artículo llamado ‘Una etnografía del avión‘. “Como en otras realidades del capitalismo industrial contemporáneo, como la fábrica fordista o el campo de concentración nazi, lo social está reducido a una expresión mínima, es el producto final lo que importa y la impostación de un discurso de efectividad, de seguridad, de productividad es lo importante”. ¿Quieres vivir la experiencia de la humillación? Compra un boleto de avión.”

Publicado por Hector Barnés en El Confidencial

 

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