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La tortura de viajar en avión: La angustia antes de abordar

Un artículo de Héctor Barnés en El Confidencial nos explica todo el sufrimiento, paso a paso, que padecen muchos viajeros cuando tienen que tomar un avión, especialmente antes de abordarlo.

Llevo quince minutos corriendo por el aeropuerto de Stansted –lo llamaría “londinense”, si no fuese porque está casi tan cerca de la capital como Madrid de Toledo–, intentando sortear con la maleta los pies de otros viajeros, sudando y haciendo un esfuerzo que me dejará durante una semana un pie dolorido y un tirón de espalda. Ya doy por hecho de que no voy a llegar a coger el avión, porque las pantallas de la terminal llevan quince minutos anunciando el embarque y aún me faltan otros tantos para llegar a la puerta. Sí, porque los aeropuertos no solo pueden ser gargantuescos, sino que hasta que no pasas el control no sabes exactamente qué nuevos peligros te aguardan.

No es de extrañar que cada vez más gente intente evitar, en la medida de lo posible, coger un avión: no solo es caro e incómodo, sino que nos hace sentirnos anulados como personas

No es que haya salido tarde. Es más, hace aproximadamente dos horas y media que abandoné el hotel, pero como suele ocurrir cuando uno debe desplazarse tan lejos, el tren se ha averiado y me ha hecho perder media hora valiosa. La suerte está echada: perderé el vuelo, tendré que deshacerme de otras 40 libras y otras dos horas para volver a Londres, buscar hotel en plena temporada alta… Y, cuando termino mi carrera, ahí está. No solo la puerta de embarque no está cerrada, es que ni siquiera se ha abierto, al contrario de lo que anuncian los paneles, y una larga cola de gente lleva esperando un buen rato. Tendrá que pasar otra media hora más hasta que finalmente comencemos a embarcar.

Uno no puede dejar de sentirse como un niño perdido en un mundo hostil y sometido a normas que no entiende y que le parecen caprichosas

Es una anécdota banal pero resume bien en qué consiste viajar en avión en pleno 2017: en una larga serie de incertidumbres, peligros, controles, miedos, colas, tensiones y frustraciones que lo ha terminado convirtiendo en una de las experiencias más degradantes que nos podemos imaginar. O si no que se lo digan a Joan Laporta, ex presidente del FC Barcelona que, furioso, se quedó en calzoncillos harto de que el detector de metales no dejase de sonar. Más que degradante, quizá habría que decir infantilizante. Porque uno no pude dejar de sentirse como un niño de cinco años perdido en un mundo hostil y sometido a normas que no entiende y que resultan totalmente ineficientes y caprichosas.

Debido a la estrategia de “optimización” del espacio de algunas aerolíneas, si hace no tanto uno podía esperar sentado hasta la hora del embarque, ahora tiene que hacerlo de pie si no quiere que su equipaje de mano sea facturado, al no caber en la cabina por habernos quedado al final de la fila, lo que nos obliga a aguardar media hora más en las cintas transportadoras del aeropuerto destino. ¿Resultado? Hordas de gente esperando de pie a que la puerta se abra por fin y nos den la bienvenida a algo así como un autobús con alas. Con permiso de los autobuses, que por lo general suelen ser más cómodos.

No solo no se hace nada por convertir el viaje en una experiencia cómoda, sino que el objetivo es que esta sea lo más desagradable posible.

Autor:  Héctor Barnes 

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