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La tortura de viajar en avión: El efecto de las ‘Low Cost’

En este artículo, Hector Barnés nos sigue explicando el sufrimiento del viajero y cómo afecta la aparición de las low cost en la experiencia de viaje.

Anteriormente ya había hecho una reseña de la angustia que se vive en los momentos previos a abordar un avión.  Ahora, Hector Barnés en un artículo publicado en El Confidencial detalla cómo la llegada de las Low Cost han cambiado a la industria.

“El síntoma de la degradación de la experiencia en estos viajes se debe a la aparición de las famosas aerolíneas ‘low cost’, un ejemplo perfecto de cómo la competencia a la baja ha perjudicado al viajero, que cada día se siente más deshumanizado.

Ah, ¿también hay que pagar por esto?

Hagamos un somero repaso de los círculos del infierno aeroportuario, que empieza mucho antes de montar en el avión, al adquirir los billetes y pasar de puntillas por ese campo de minas de los costes extra que muchas aerolíneas intentar colar como promociones. O a la hora de hacer la facturación antes del vuelo, cuando descubrimos que, vaya, quizá tengamos que pagar más por sentarnos con nuestros familiares.

Es una forma de abaratar la tarifa base y ser más competitivos, claro, pero el viajero comienza a sospechar que desplazarse en avión se parece más a regatear en un mercadillo por una prenda falsificada que a contratar un servicio serio del que estamos debidamente informados. Si te la pueden clavar, te la clavarán.

“El servicio básico, sin gastos adicionales, debe estar lo suficientemente degradado como para hacer que la gente quiera pagar para escapar de él”, escribió en una famosa columna en ‘The New Yorker’.

El abanico de sentimientos que uno puede experimentar a bordo de un avión oscila hoy entre la estoica resignación (“bueno, tendré que gastarme siete euros en este sándwich de pan rancio”) y la sensación de que directamente se están riendo en tu cara, entre venta de cartones, colores estridentes, asientos en continua reducción –hasta el punto de poner en peligro la seguridad de los viajeros– y un tenso ambiente, azuzado por tener que compartir un espacio diminuto con otros extraños tan al límite como nosotros.

Los aviones son como la casa de Gran Hermano, donde todo se magnifica; de ahí que no sea raro que las peleas estallen. O más bien como un viejo carruaje donde la gente se apelotona, los olores se expanden y los ruidos no cesan. Parece que no solo no se hace nada por convertir el viaje en una experiencia cómoda, sino que el objetivo es que esta sea lo más desagradable posible. Y puede ser así.

La fantasía del masoquista

Mucho de lo narrado ocurre tan solo en las líneas ‘low cost’, lo admito, pero a cambio reconozcamos que las aerolíneas tradicionales han bajado el listón para acercarse a estas.

El año pasado, United Airlines, una de las clásicas, anunciaba que quien adquiriese su tarifa más barata debería pagar un extra por el equipaje de mano. A este proceso creciente de desintegración del servicio, en el que los pequeños pagos se acumulan para terminar pagando más por lo mismo, lo denominó el profesor de la facultad de Derecho de Columbia Tim Wu ‘miseria calculada’.

Aquello que debería ser un servicio cómodo ha terminado por convertirse en una trampa en la que uno no puede sacudirse la sensación de que no hay escapatoria, de que somos como ratas buscando la salida en un laberinto en el que el bienestar del viajero no solo no es deseable, sino un escollo para los beneficios de las empresas.”

Fuente: El Confidencial

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